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En 1987, Brasil inundó una parte de Amazonas del tamaño de Tenerife para una hidroeléctrica. Fue un desastre sin precedentes

En los años ochenta, Brasil apostó por un ambicioso proyecto energético en plena Amazonia: la central hidroeléctrica de Balbina, sobre el río Uatumã. Lo que prometía ser un símbolo de desarrollo se convirtió en uno de los mayores desastres ecológicos de la región. Para generar apenas 250 megavatios —una capacidad modesta—, se inundaron más de 2.300 kilómetros cuadrados de selva, una superficie mayor que la isla de Tenerife. El problema no era solo la escala, sino la geografía: un río pequeño y un terreno extremadamente plano obligaron a sacrificar una cantidad desproporcionada de bosque por cada megavatio producido. Comparado con otras presas amazónicas, como Tucuruí, Balbina requirió treinta y cinco veces más terreno inundado para lograr la misma potencia.

Un ecosistema ahogado en cifras

Cuando el embalse comenzó a formarse en 1987, el agua avanzó lateralmente, sumergiendo más de 160 millones de árboles. Lo que en un principio se pensó que podrían ser "islas de biodiversidad" —fragmentos de selva rodeados por el lago— terminó siendo una trampa ecológica. Muchas de estas zonas eran demasiado pequeñas o estaban demasiado aisladas para mantener sus ecosistemas originales. Especies como la nutria gigante, cuyo hábitat acuático se multiplicó por sesenta y siete, vieron cómo su población apenas se duplicaba, muy lejos de los 1.200 ejemplares que cabría esperar. La razón estaba bajo el agua: el embalse transformó ríos de corriente rápida en un lago de aguas estancadas, alterando las comunidades de peces y reduciendo el oxígeno en las zonas profundas. La descomposición inicial de la vegetación inundada generó un breve auge de nutrientes, pero a largo plazo, la falta de especies migratorias y la escasez de oxígeno convirtieron el embalse en un ecosistema empobrecido.

Pero el impacto no se limitó a lo que quedó bajo el agua. Balbina también desmontó el mito de que las hidroeléctricas son una fuente de energía "limpia". El bosque sumergido y la materia orgánica en descomposición liberaron enormes cantidades de CO₂ y metano, gases de efecto invernadero. Un estudio realizado entre 2004 y 2006 calculó que, solo en 2005, las emisiones de la presa equivalieron a la mitad de las generadas por la quema de combustibles fósiles en São Paulo. Además, el funcionamiento de las turbinas agravó el problema: al pasar por ellas, el agua profunda cargada de gases disueltos liberaba hasta un 53% del CO₂ acumulado, un fenómeno que se prolongaba a lo largo de los primeros treinta kilómetros del río aguas abajo.

Cuatro décadas después, el daño sigue siendo visible. Un estudio reciente reveló que los bosques inundables de igapó, situados aguas abajo de la presa, aún sufren las consecuencias de la alteración del caudal. Al retener el agua, Balbina generó una "sequía artificial" en ecosistemas adaptados a inundaciones periódicas, provocando la muerte de árboles y modificando la composición del bosque. Los investigadores encontraron una clara frontera ecológica a unos 120 kilómetros de la presa: cerca de ella, dominaban especies resistentes a perturbaciones, mientras que en zonas más alejadas se conservaba mayor diversidad y riqueza. El caso de Balbina demostró que la huella de una presa tropical no se limita al área inundada, sino que puede extenderse cientos de kilómetros, alterando ecosistemas enteros.

Qué significa para tu negocio

Aunque esta historia ocurrió en la Amazonia, su lección es relevante para cualquier pyme que trabaje en sectores como la construcción, las reformas o los servicios técnicos. Proyectos de infraestructura, por muy necesarios que sean, deben evaluar no solo su viabilidad económica, sino también su impacto ambiental a largo plazo. En un mundo donde la sostenibilidad ya no es opcional, las empresas que integren criterios ecológicos en sus decisiones —desde la elección de materiales hasta la planificación de obras— no solo evitarán riesgos legales o reputacionales, sino que podrán diferenciarse en un mercado cada vez más exigente. Balbina es un recordatorio de que, en la era de la inteligencia artificial y la innovación, la tecnología debe ir de la mano de la responsabilidad. La IA de LaiaDesk, por ejemplo, puede ayudarte a analizar datos ambientales o optimizar recursos en tus proyectos, pero la última decisión —y su impacto— siempre será humana.

Fuente original: Xataka

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