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Los cerebros de los pulpos desafían una regla de la evolución sobre por qué los animales desarrollan inteligencia

La evolución de la inteligencia en el reino animal ha seguido caminos que, hasta ahora, creíamos bien trazados. Uno de los principios más aceptados en biología sugería que los cerebros más desarrollados surgían en especies con una vida social compleja: primates, delfines o lobos, donde la cooperación y la gestión de jerarquías exigían mayor capacidad cognitiva. Sin embargo, un nuevo estudio científico viene a recordarnos que la naturaleza rara vez se ajusta a una sola regla. Los pulpos, calamares y sepias —colectivamente conocidos como cefalópodos— desafían esta teoría con un cerebro sorprendentemente grande y habilidades cognitivas avanzadas, a pesar de ser animales mayoritariamente solitarios.

Estos moluscos no destacan por formar manadas ni por criar a sus crías en comunidad. Muchos viven aislados, algunos son incluso caníbales, y su esperanza de vida suele ser corta. Aun así, son capaces de resolver problemas, adaptarse a entornos cambiantes, cazar presas diversas y manipular objetos con una destreza que pocos invertebrados igualan. ¿Cómo encaja esto con la idea de que la inteligencia evoluciona para gestionar relaciones sociales? El equipo de investigadores, que analizó datos de 79 especies de cefalópodos, propone una explicación alternativa: el entorno, no la vida en grupo, podría ser el verdadero motor de su desarrollo cerebral.

El hábitat como escuela de inteligencia

Los resultados del estudio apuntan a que las especies que habitan en fondos marinos o aguas poco profundas tienden a tener cerebros proporcionalmente más grandes. La razón parece estar en la complejidad de su entorno: grietas donde esconderse, presas variadas, obstáculos cambiantes y la necesidad de moverse con precisión en un mundo lleno de desafíos. Un pulpo bentónico, por ejemplo, debe recordar la ubicación de refugios, coordinar sus ocho brazos de forma independiente y adaptar su comportamiento en tiempo real. Esta versatilidad exige un cerebro capaz de procesar información rápidamente, aunque no exista una estructura social que lo impulse.

Los autores del trabajo subrayan que su hallazgo no invalida la hipótesis del cerebro social —que sigue siendo válida para muchos mamíferos—, pero sí amplía el abanico de posibilidades. La inteligencia animal no habría seguido un único camino evolutivo, sino varios, algunos de ellos silenciosos y submarinos. Como señala una de las investigadoras, "el dogma científico siempre necesita ser cuestionado", y los cefalópodos son un recordatorio de que la naturaleza es más creativa de lo que nuestras teorías pueden abarcar.

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Fuente original: El Confidencial Tecnología

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