Los restos humanos más antiguos de la Antártida tienen más de 200 años. El problema es que eso no tiene ningún sentido
La Antártida, ese continente helado y remoto, ha sido durante siglos un territorio casi inaccesible para el ser humano. Sin asentamientos permanentes y con condiciones extremas, su exploración se atribuye tradicionalmente a expediciones europeas del siglo XIX. Sin embargo, un hallazgo arqueológico ha puesto en jaque esta narrativa: los restos humanos más antiguos encontrados allí pertenecen a una mujer fallecida entre 1819 y 1825, justo cuando las primeras expediciones documentadas apenas comenzaban a avistar sus costas.
El descubrimiento se remonta a 1985, cuando un biólogo chileno encontró un cráneo semienterrado en una playa del cabo Shirreff. Años después, aparecieron otros huesos dispersos, como un fémur, que los análisis vincularon a la misma persona: una mujer joven, posiblemente de origen chileno. La datación sitúa su muerte en un momento en el que, según los registros históricos, la presencia humana en la Antártida era prácticamente inexistente. La primera observación confirmada del continente se atribuye a la expedición rusa de Fabian Gottlieb von Bellingshausen en 1820, apenas un año antes de la fecha estimada del fallecimiento.
Un enigma sin resolver
¿Cómo llegó esa mujer a un lugar donde, en teoría, nadie debería haber estado? Los investigadores barajan varias hipótesis, aunque ninguna ha podido confirmarse. Una posibilidad es que formara parte de un grupo de cazadores de focas del siglo XIX, abandonada tras su muerte. Otra teoría sugiere que falleció en un barco y sus restos fueron arrojados al mar, para luego ser arrastrados por corrientes y aves carroñeras hasta la playa donde fueron hallados. Cuatro décadas después del descubrimiento, el misterio sigue abierto, sin nuevos restos que permitan reconstruir los hechos.
Mientras este caso sigue sin explicación, otro estudio plantea una revisión aún más profunda de la historia antártica. Investigadores de la Universidad de Otago proponen que navegantes polinesios, como el explorador Hui Te Rangiora, podrían haber alcanzado las aguas antárticas ya en el siglo VII. La hipótesis se basa en tradiciones orales maoríes que describen paisajes helados y océanos oscuros, compatibles con la región. Aunque no hay pruebas arqueológicas definitivas, este enfoque cuestiona la idea de que la historia del continente comenzara con los europeos, sugiriendo que el primer contacto humano pudo ocurrir más de mil años antes.
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Fuente original: Xataka
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